Augusto Boal explicaba: «Desde 1976, primero en Lisboa y poco después en París, empecé a trabajar en varios países europeos. En mis talleres de Teatro del Oprimido comenzaron a aparecer oprimidos víctimas de «opresiones» que me eran desconocidas. Trabajaba mucho con inmigrantes, profesores, mujeres, obreros, gente que sufría las mismas opresiones que tan bien se conocen en América Latina: el racismo, el sexismo, las malas condiciones laborales, los salarios bajos, los abusos policiales, etc. Pero junto a éstas, surgieron la «soledad», la «incapacidad de comunicarse», el «miedo al vacío» y otras muchas más. Para alguien que huía de dictaduras explícitas, crueles y brutales, resultaba natural que estos temas parecieran superficiales y poco dignos de atención. Era como si, involuntariamente, siempre me preguntara: «Vale, de acuerdo, pero ¿dónde están los «polis»?». Porque estaba acostumbrado a trabajar con opresiones concretas y visibles.»